Me cuesta enfrentarme a una hoja vacía en la que un cursor parpadea esperando ser desplazado por coherentes palabras. Es, a veces, insoportable ver y sentir que no puedes escribir cuando estás obligado a ello, y sin embargo, inventas canciones en la ducha a pesar de no saber cantar, sueñas con historias fantásticas aunque se te olviden al poco de despertarte y, en el fondo, vales mucho más de lo que puedes plasmar en un maldito folio. Es horrible ser consciente de que te que tal vez tengas un leve talento para la literatura y no saber aprovecharlo, no entenderlo, ni controlarlo.
Esto, obviamente, es un método de desahogo personal, en el que me siento ante una pantalla en la no necesito plasmar una realidad prefijada. No necesito buscar analogías, metáforas, ni ciertas polladas (perdón de la expresión, pero es que estoy rozando el límite de paciencia verbal) con las que ya estoy bastante cansada de trabajar. Aquí soy libre. Puedo inventarme que vive un monstruo en mí, que a veces aprisiona mi corazón, expresarme tan mal que cometa leísmo y laísmo (NO, ESO JAMÁS) puedo poner xq en lugar de porque...
Este es mi espacio, en el que nadie me controla, en el que por fin soy libre. O no. Quién sabe.
Lo que me preocupa realmente es no saber escribir, no encontrar las palabras con el orden adecuado que se adapten a lo que quiero transmitir. Y eso me pasa, continuamente.
Quiero levantarme mañana y tener un eslogan fabuloso o un copy genial para la maldita campaña. Pero eso sólo ocurriría si sirviera realmente para ser creativa publicitaria, cosa que ya llevo dudando desde octubre de 2015.

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