Recuerdo a la perfección aquel instante de satisfacción rodeado por un místico halo de felicidad. De repente, el aire era más cálido, la luz se tornó a suave y todo olía a perfección. Mi cuerpo era mío y se encontraba en el estado físico que deseaba. Mi mente era mía, sabía perfectamente quién era y quién quería llegar a ser. Me sentía embriagada de felicidad. Estaba enamorada de la vida y, por primera vez, me sentía correspondida. Pero el noviazgo duró poco.
Pronto caí enferma, y mi cuerpo, dejó de ser mío. Comencé a entrar en una vertiginosa espiral de responsabilidades innecesarias y cargas sobrehumanas, y mi mente, dejó de ser mía. Se desencadenaron las catastróficas desdichas y la felicidad empezó a parecerme irreal.
Ya no recuerdo aquel reflejo, ni aquella sensación de apogeo de finales del pasado verano. Y si llegan a mi cansada y torpe memoria algunos restos de ese momento, me hundo en una terrible infelicidad que desemboca en infantiles llantos de envidia y deseo. ¿Por qué dura tan poco la perfección?
Querría vivir rozando la eternidad de ese momento y poder reírme de todo un día, como un adulto se ríe cuando crece de las cosas que de niño temía. Me encantaría despertarme y volver a sentir mi cuerpo y mi mente como algo mío. Es lógico que me pasen cosas terribles, porque la vida es así, a veces vienen situaciones que no nos gustan pero tenemos que sobreponernos a ellas porque, en el fondo, pensamos que nos pasan porque somos capaces de superarlas. Me pregunto qué vendrá más allá, si lograré volverme a ver así, rozando la plenitud de mi existencia.

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