viernes, 5 de febrero de 2016

Ahora ya no.

Cuando le das la mano a alguien, en la mayoría de los casos, te arrancan el brazo. Es así como me siento cuando la gente entiende mi buena fe como plena sumisión. Estoy cansada de agachar la cabeza y hacer lo que otros consideran lo correcto. De perder 12 horas semanales en desplazarme a lugares donde, en la mayor parte del tiempo, no se hace nada en base a que es así como se trabaja. Ahora, cuando tantas veces he rozado mi límite e incluso he llegado a traspasarlo, es cuando comienzo a escribir mis normas, a definir mis limitaciones y a dejar de agachar la cabeza. Es ahora cuando comienzo a decidir qué, cómo y cuándo sin nadie que ponga restricciones a mi tiempo. Me da igual aprobar o suspender. Me da igual que me digan que no vamos a llegar con el trabajo hecho. Me da igual todo lo que antes me importaba porque ya, considero, que se ha abusado demasiado. O cambiamos el ritmo o bailarán los demás solos, sin mí. Porque ahora es cuando yo elijo.

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