He de reconocer que nunca había ido a Gibraltar. En mi defensa diré que mis padres siempre me lo habían descrito como un lugar lúgubre, siniestro y sucio cuyos dos únicos elementos importantes eran unos monos piojosos y maleducados y una única calle de tiendas. pero cuando tuve la posibilidad y las ganas de aventurarme por esas supuestas oscuras calles mis bajas expectativas se evaporaron. Las cosas no eran tan horribles como me las habían pintando. Las tiendas, a pesar de estar cerradas, eran más de las que me imaginé. Pude ver cómo se entrelazaban el Mediterráneo y el Atlántico. También me adentré por primera vez en una cueva, que más que algo natural parecía un decorado de cartón piedra lleno de luces y sofisticadas escaleras. Igualmente, nos introducimos en oscuras y antiguas excavaciones dónde el agua caía del techo, las cuales, tiempo atrás, habían servido estratégicamente a los soldados. Obviamente vi a los monos, que se asemejaban bastante a lo que mi madre describió pero con una dosis extra fuerte de adorabilidad.
Sin lugar a dudas nunca me arrepentiré de haber ido y, no sólo haber disfrutado de un día en la roca, sino también de una inmejorable compañía.

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