A veces en la vida te das cuenta, desgraciadamente, que las personas a las que querías, en el fondo, no te correspondían. Aquellas por las que te preocupabas sobre lo que pensarían de tí o sobre cómo te considerarían si hicieras una u otra cosa. Aquellas que te sometían a sus exigencias porque las consideraban correctas. Esas mismas personas tóxicas que te engañan entre abrazos y risas para poder usarte a su antojo. Es ese instante, en el que logras deshacerte de su encantador veneno como si despertaras de un sueño y te dieras de bruces contra la realidad, en el que descubres que tu cariño nunca fue correspondido. Que lo que a tí te preocupaba a ellos nunca les importó, que les daba igual todo mientras pudieran seguir manejándote.
Es duro al principio, casi insoportable. Pero luego, tras el desengaño, te sientes por fin libre. Recuperas las ganas de seguir hacia adelante, te ves por encima de ellos y es maravilloso porque, en el fondo, muy en tu fuero interno ya habías descubierto la verdad, esa realidad que se escondía en cada sonrisa, en cada momento que consideraste único, en cada muestra que creías de cariño. Y es que a veces se quiere sin llegar nunca a ser correspondido.

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