miércoles, 17 de febrero de 2016

Hay salida

Una vez hablé con un pájaro. Lo recuerdo perfectamente. El sol entraba por la ventana acompañado del sonido que hacen las palmeras cuando bailan con el viento. Las risas de los niños se ahogaban entre chapuzones. Estaba sola en el piso de la playa, como la mayoría de las mañanas. Mi padre estaba decidido a superar su propio récord de kilómetros en bicicleta y mi abuela y mi madre decidían buscarse cualquier otro entretenimiento que estuviera bajo el sol. Era yo la única, en mi hermitaño sentimiento, la que deseaba quedarse en el piso, estudiando cada verano o dibujando. De repente, se escuchó un ruido de unas alas alteradas. Fui corriendo y descubrí al intruso, intentando tontamente huir de una habitación en la que él mismo se había metido. Al principio pensé que era una de esas golondrinas que volaban alocadas por toda la urbanización, volviendo cada verano sus nidos a colgar en nuestras ventanas. Pero no, resultó ser un asustado gorrión que me miraba con una mezcla de terror y espanto con sus diminutos ojos de pájaro, mientras su pequeño corazón se agitaba alocado en su plumífero pecho. Fue en ese instante en el que se sentía atrapado, acorralado, incapáz de seguir volando cuando logró escuchar. Me miraba preguntándome cómo salir de aquel infierno y entonces, lentamente, levanté mi dedo señalando con la punta del mismo la ventana que aún seguía abierta. Es por ahí, pequeño. Tras observar mi dedo y a mí con recelo se alzó de nuevo en vuelo y salió victorioso de su encierro.
Es curioso que se me venga a la mente ahora este recuerdo. Tal vez sea porque me siento como el pájaro, encerrada en una habitación en la que yo misma me he metido, esperando a que alguien venga y me indique serenamente una salida que, en realidad, siempre estuvo delante de mí. Aún sigo esperando.

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