Un monstruo se apoderó de mí. Entró en mi cuerpo como si fuera una
maldición. Se empeñó en envenenar aquellos momentos que conseguía robar al
tiempo. Corrompió toda posibilidad de volver a ser feliz. Logró, victorioso,
que mis pensamientos fueran oscuros y apagó la luz con la que se creaban las
sombras. Consiguió convencerme de que había perdido el juicio y hacerme sentir
que me faltaba el aire cuando aún funcionaban mis pulmones. Sin embargo, él no
contaba con que quería seguir viviendo.
El monstruo es astuto, cuando estás
desprevenido, ataca. Tienes que controlarlo, encerrarlo en un oscuro
lugar de tu mente y atrancar la puerta lo suficiente como para aguantar sus
golpes, sus zarpazos y no poder oír sus gritos. Pero hay veces que el monstruo
se escapa. Raja la puerta hasta partirla y recorre frenéticamente todos los
pasillos de mis pensamientos destrozando ilusiones y deseos. Hace temblar mi
cuerpo y me convierte en alguien frágil.
Es imposible matar al monstruo. He de
convivir con él hasta hacerlo manso. Lo descubrí el primer día que lo encerré
en mí. Básicamente porque, ese monstruo, soy yo.

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