martes, 8 de marzo de 2016

Un monstruo

Un monstruo se apoderó de mí. Entró en mi cuerpo como si fuera una maldición. Se empeñó en envenenar aquellos momentos que conseguía robar al tiempo. Corrompió toda posibilidad de volver a ser feliz. Logró, victorioso, que mis pensamientos fueran oscuros y apagó la luz con la que se creaban las sombras. Consiguió convencerme de que había perdido el juicio y hacerme sentir que me faltaba el aire cuando aún funcionaban mis pulmones. Sin embargo, él no contaba con que quería seguir viviendo. 
El monstruo es astuto, cuando estás desprevenido, ataca. Tienes que controlarlo, encerrarlo en un oscuro lugar de tu mente y atrancar la puerta lo suficiente como para aguantar sus golpes, sus zarpazos y no poder oír sus gritos. Pero hay veces que el monstruo se escapa. Raja la puerta hasta partirla y recorre frenéticamente todos los pasillos de mis pensamientos destrozando ilusiones y deseos. Hace temblar mi cuerpo y me convierte en alguien frágil. 
Es imposible matar al monstruo. He de convivir con él hasta hacerlo manso. Lo descubrí el primer día que lo encerré en mí. Básicamente porque, ese monstruo, soy yo.

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