sábado, 30 de abril de 2016

Los ojos del que miran

Parece que sólo siento la imperiosa necesidad de escribir cuando las emociones me desbordan. Tal vez sean los recuerdos que amenazan con desaparecer o los flashback que me hacen revivir el ayer. Me veo sola, en el patio de mi colegio. Es curioso lo grande que parecen las cosas cuando tu eres tan pequeño. El albero cubre mis pies y llena la rojiza cancha de una película de polvo. Todos los niños juega, chillan y se arrojan balones. Parece que el mundo seguiría igual, estuviera yo o no. Estoy sola, bebiendo un zumo de naranja, que llenará mi paladar hasta el almuerzo. Nadie sabe que existo y si se percatan de mi presencia finjen no hacerlo. Miro cómo juegan a saltar la comba, al pillar y al matar (lanzar la bola unos a los otros con intención de darse). Recuerdo muy nítidamente a diez niños jugando a este último juego e imaginarme siendo una niña integrada, esquivando la pelota y lanzándola con furia cuando consiguiera atraparla. Desee con fuerza ser normal, dejar de estar sola todos los recreos, dejar de dar vueltas sin parar de imaginar cómo sería jugar con los demás. Fue en ese instante de debilidad humana cuando comprendí el porqué de mi soledad, me gustaba imaginar más que vivir.
Tuve amigos, rostros que ya se borraron y otros que aún llenan las fotografías de mi habitación.  Viví cosas normales con gente normal y cosas poco corrientes. Pensé durante mucho tiempo que esa niña que andaba sola durante los recreos por fin había satisfecho su sed de socializar. Busqué amigos en todos lados y de todas clases. Entregé mi corazón y mis ganas de vivir a todo aquel en el que se reflejaran esos ojos, ese brillo, del ser que grita en su interior querer jugar con otros niños.
No consigo borrar esos recuerdos y espero que nunca logre eliminarlos, al igual que ahora siento que esa niña duerme dentro de mí, soñando, no con lo que ha imaginado, sino con lo que ha vivido.

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