Desde que tengo conocimiento de la existencia de otras cosas a parte de mi propio ser, recuerdo cómo las golondrinas cada año inundaban nuestro barrio, danzando en aire como bailarinas profesionales al son de la música de sus cantos. Habíamos sido afortunados de que una se instalara en el portal de nuestra otra casa. Al no vivir allí, tan sólo disfrutábamos de verla ir y venir en un continúo vuelo, y del piar de sus crías en ese perfecto nido. Así, generación tras generación hasta que llegó el horror. La masacre venida, como ocurre en la mayoría de los casos, de la mano humana tuvo lugar recientemente. La última generación de aquellas golondrinas que presumían de su libertad ante la esclavitud humana de no poder volar, fue masacrada ferozmente a causa de simples gustos estéticos. He de admitir que fue mi propia familiala que rompió el frágil pero perfecto nido, dejando sin hogar en plena época de apareamiento a la pobre golondrina.
Ahora, sigue volviendo, sola y sin refugio, al quicio de la puerta. El instinto hace que su sufrimiento se perpetúe, imposibilitando la búsqueda de hogar más allá de aquel umbral. Se me rompe el alma al verla acurrucada, sin pareja y mucho más pequeña de lo normal e incluso desplumada. Te mira con miedo, desde el pequeño quicio al que ha logrado sujetarse a base de equilibrio. Y pienso. Se morirá, sin haber probado lo que sus antepasados hicieron. Puedo escuchar cómo sufre por dentro y sentir cómo su alma se ha roto, porque le falta algo, pero no puede razonar el qué. Aún así, cada mañana, la golondrina vuela de nuevo, sin ningún propósito ya, simplemente para demostrarnos la superioridad animal frente las adversidades que le imponen los humanos.

Que historia más triste 😢 ojalá la golondrina pueda sobrevivir a este traspié tan grande en su vida.
ResponderEliminarEso espero
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